martes, 3 de noviembre de 2009

Carlos Marx: Fuerzas Productivas, Relaciones de Producción e Historia

En esta etapa de retroceso de la lucha de clases mundial está planteada la defensa del marxismo como una tarea de primer orden y eje ordenador de otras tantas. Es que en esta etapa post-traiciones, desastres y de colapso stalinista, aparecen y seguirán apareciendo toda clase de curanderos o charlatanes que revisan al marxismo para hacer pasar concepciones que desvirtúan sus bases fundacionales. Sea porque nunca las hayan entendido; porque estén reflejando la derrota de dimensiones históricas que significó el triunfo burgués-imperialista-stalinista al restaurar el capitalismo en más de un tercio de la humanidad; porque quieran congraciarse, para asociarse, con los innumerables residuos stalinistas; o porque están reflejando las presiones de sectores de clases medias y las ideologías que de allí emanan. O, sea lo que sea, lo cierto es que no hay posibilidad de construir un partido marxista y revolucionario, ni de revolución socialista, si no nos enfrentamos a los que busquen desvirtuar al marxismo quitándole su filo revolucionario.

De Hegel a Marx
Algunas experiencias prácticas de Marx –a propósito de una investigación que realizó como periodista sobre campesinos enjuiciados, que recogían leña de un territorio comunal–, le demostraron que el Estado y el Derecho no era lo que Hegel decía. Es a partir de allí que el joven demócrata-burgués Carlos Marx emprende un sistemático estudio que al cabo de dos o tres años lo trasforma en un comunista. Pero no cualquier comunista sino en uno que sobrepasó en una gran distancia a todos sus antecesores y contemporáneos.
En los Manuscritos económicos-filosóficos de 1843-44, Marx garabatea unas primeras aproximaciones económicas pero que todavía están muy lejos de su gran obra de crítica a la economía política: El Capital. Sin embargo en los Manuscritos, también en las Tesis sobre Feuerbach y la Ideología Alemana, Marx empieza a enfrentarse a toda la concepción general –o filosofía– hegeliana de la historia.

Las ideas emanadas de la Gran Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII, cuestionaron todo. G.Hegel, que fue el gran filósofo de la historia y estuvo influido profundamente por ésta revolución, cuestiona también la lógica aristotélica (que parte de la premisa de la ley de identidad –que para graficarla con un silogismo algebraico– nos dice que A es = a A) por ser metafísica, quieta e inmutable, con esa base lógica de razonamiento formal no se podía explicar lo que estaba pasando, más bien esa lógica formal era usada por los que no querían que nada cambie: lo que siempre fue así tiene que seguir, decían éstos. Y deduce Hegel que las cosas –o procesos– no son siempre iguales (A no es = a A, y si lo es, lo es sólo en apariencia y hasta un punto determinado), que la contradicción está adentro de la cosa, que hay lucha de opuestos, y que es de esa lucha donde emerge, dando un salto cualitativo, lo nuevo (o en términos filosóficos hegelianos: la negación de la negación). Pero Hegel, no rechaza totalmente a la lógica formal, sino que la incluye y la supera en su método de la lógica dialéctica, pudiendo analizar así los procesos en dinámica. La lógica dialéctica es la lógica del proceso, del movimiento, de la dinámica.
Al mismo tiempo Hegel, no sólo crea ese método dialéctico, sino que también elabora todo un sistema de evolución histórica; para él la humanidad –con saltos y retrocesos, y por infinidad de intersticios: “la astucia de la razón”–, siempre avanza hacia el progreso, porque es guiada por la Idea Absoluta (algo que nunca logra explicar exactamente qué es, pero sería una especie de instinto y meta de progreso, Idea que ya está antes de todas las cosas) y esa Idea Absoluta terminaría encarnándose en el Estado prusiano. Hegel es consciente del rol del trabajo en la humanidad y de la alienación, pero considera que esta última es positiva, que es el precio que paga la humanidad al transformarse en civilización y avanzar. De allí, y siguiendo su método dialéctico, deduce que todo avance tiene elementos de regresión pero que en este caso éstos son totalmente justificados.
Marx asimila el método dialéctico de Hegel, pero una vez que adhiere a la crítica materialista de Feuerbach, crítica que termina con la contraposición idea-materia que tanto desvelaba a los filósofos alemanes, al plantear que la vida animal, y por ende el Hombre, surge de la naturaleza siendo la idea su expresión más alta, y llevado ese razonamiento al plano de la ciencias sociales ya no es la idea la que hace al mundo sino el mundo hace las ideas. Así Marx empieza a demoler la concepción –idealista– hegeliana de la historia, y al hacerlo, también demuele todo su sistema; parte de plantear que la alienación es negativa y que ella no se produce vía el desgarramiento por la enajenación del hombre de su producto una vez que éste lo crea –considera que eso no tiene ningún peso que oprima la mente del productor–, sino que la alineación se produce por la enajenación del productor del fruto de su trabajo. Marx empieza a plantear que son las determinadas relaciones de producción explotadoras (relaciones sociales –de amos y no-amos– que se establecen entre los hombres para extraerle riquezas a la naturaleza) las que alienan porque enajenan, no solamente al productor, sino con ello a toda la sociedad, de allí el extrañamiento, la coseidad, el egoísmo, etc., etc.

Marx llega a la conclusión que determinadas relaciones de producción pueden jugar un rol progresivo, independientemente que sigan siendo explotadoras, en tanto se enfrenten a otras relaciones de producción retrogradas y desarrollen las fuerzas productivas, o sea, en tanto desarrollen el dominio del hombre sobre la naturaleza –por intermedio de la técnica y herramientas–, y este dominio se traslade en beneficios concretos y tangibles en el nivel de vida de los hombres de esas sociedades. Sin embargo, también sabe –siguiendo el método dialéctico de Hegel– que todo es proceso, y por ello ninguna relación de producción de sociedades divididas en clases puede desarrollar indefinidamente las fuerzas productivas. Esto es, que esa determinada relación de producción –otrora progresiva en relación a la precedente y en tanto trajera mayor bienestar a la sociedad– ni bien se consolida se transforma progresivamente en una traba para el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas; y al llegar a un determinado nivel histórico pasa a ser reaccionaria.
La relación entre las relaciones de producción y la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas, se puede ver en cualquier somero análisis sobre el origen del feudalismo, su desarrollo y la transición al capitalismo, con la particularidad que feudales y burgueses eran clases poseedoras, o sea, que para cambiar las relaciones de producción no era necesario suprimir la propiedad privada de los medios de producción. Pero, así y todo, Marx se da cuenta –y mucho más cuando está en juego el fin de la propiedad privada–, que ninguna clase social poseedora abandona la escena sin oponer resistencia y de allí deduce que la violencia es la partera de la historia. La criminal reacción burguesa a la Comuna de París se lo confirma plenamente, y de allí deduce la necesidad de la Dictadura del Proletariado como régimen y Estado –obrero– de transición.

Marx mantiene el método dialéctico de Hegel, pero rechazando todo su sistema por idealista, sistema que se choca de bruces con su mismo método, y por eso mismo se transforma en conservador y reaccionario. Para Hegel todo es proceso y todo lo que existe es digno de perecer… menos el Estado, pero hete aquí que es el Estado –y el Derecho–, como herramienta de la clase dominante burguesa, el que se encarga de mantener y defender las relaciones de producción y explotación existentes (la propiedad privada de los medios de producción), que frenan la necesidad que tiene la humanidad de seguir desarrollando las fuerzas productivas. Y Marx encuentra en la clase obrera, los productores, el sujeto social histórico para esa tarea: la antítesis de la burguesía; única clase que al desarrollar la contradicción, la lucha de clases, la lucha de opuestos, puede cambiar radicalmente la sociedad. Y, por primera vez en la historia de la humanidad, es la clase productora que puede terminar con las relaciones de producción de clases exportadoras, y construir una sociedad sin clases.

La crítica a la concepción hegeliana del progreso lo lleva a Marx a la muy conocida conclusión del “Prólogo a la Contribución de la Crítica de la Economía Política”, donde hace una síntesis de sus posiciones, allí dice: “Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se ha desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social.”

La fortaleza del comunismo de Marx por sobre el de todos sus contemporáneos, principalmente de los anarquistas, reside en este punto: parte de asimilar y superar dialécticamente al mismo Hegel. Y es esa fortaleza filosófica la que le permite avanzar mucho más en las siguientes décadas de estudio, comprensión y práctica, donde pone las bases científicas del socialismo.

El capitalismo en su fase imperialista. Lenin y Trotsky
Fueron Lenin y Trotsky los marxistas que tras la I Guerra Mundial empezaron a considerar que esa expresión bélica e imperialista del capitalismo no era más que la manifestación del agotamiento del capitalismo como modo de producción, donde las relaciones de producción habían entrado en contradicción con las fronteras nacionales, y éstas con la necesidad de seguir desarrollando las fuerzas productivas, deduciendo así que se había entrado en una época revolucionaria.

Posteriormente, tras la II Guerra Mundial, muchos marxistas cuasi-socialdemócratas y marxólogos, pero también algunos revisionistas del trotskismo como Mandel, se impresionaron con el boom económico de casi tres décadas siguientes a esa guerra, y de la política burguesa del período del “Estado de Bienestar”, política que estaba sustentada en dicho boom. De allí que, con variadas explicaciones, llegaron a diferentes concepciones –que todavía se mantienen–, que parten de la premisa de que sigue existiendo desarrollo de las fuerzas productivas. O sea, perennizaron una situación parcial y excepcional, llevándola a una situación de eternidad: el capitalismo siempre desarrollará las fuerzas productivas. Lo que es, se quiera o no, equivalente a decir que nunca las fuerzas productivas entrarán en contradicción con las relaciones de producción, por esto no habría, ni hay, época revolucionaria.
Algunos de estos “marxistas innovadores” toman los avances de la técnica-tecnología, y otros toman la productividad del trabajo, para demostrar la existencia de desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo. Pero el avance tecnológico, y la mayor productividad, es algo intrínseco al capitalismo, esto no explica nada, en el mejor de los casos solo nos dicen que el capitalismo agonizante sigue con vida, pero no el por qué del mayor desempleo, miseria y el hambre creciente, y el por qué la clase obrera es cada vez más pobre en comparación a las generaciones anteriores. Cuando, si hubiera desarrollo de las fuerzas productivas, nada de esto estaría pasando.
Estos “marxistas” hace décadas que nos vienen diciendo que eso se debe a una crisis coyuntural, que las crisis son sólo un mecanismo de autorregulación del sistema, pero que en la próxima recuperación económica se recuperarán esos puestos de trabajo, se mejorarán los salarios y las condiciones de trabajo etc. etc., mientras tanto nos conminan a luchar meramente por reformas. Sin embargo nada de eso ocurre, sino que de una crisis profunda se da una pequeña recuperación, a la que le sigue una crisis mayor, y nuevamente una recuperación más o menos profunda. Pero, de crisis en crisis, en el camino se destruyen millones de puestos de trabajo de los que solo un pequeño sector se vuelve a recuperar en su mayoría precarizados, y con la desocupación se precariza a otros millones más, mientras miles de millones de personas, en los cinco continentes, quedan pauperizados y millares con hambre y muerte. Todo esto, de crisis en crisis, en un espiral creciente. Y ni mencionar las fuerzas cada vez más destructivas sobre la misma naturaleza que arrastra el lucro despiadado del capitalismo agonizante.
Por todo esto, no es de extrañar que esos “marxistas” –que sustentan la tesis del desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo– adhieran a una concepción hegeliana del progreso, que no hayan podido construir partidos revolucionarios, y que se hayan convertidos en vulgares reformistas, de lucha por programas mínimos y socialismo para los días de fiestas, o abstractamente propaganda socialista todos los días. Los mandelistas terminaron como socialdemócratas de la izquierda que posan de “anti-capitalistas”, pero, por muy sofisticados que posen, socialdemócratas al fin. Es que las leyes de la Historia, ya descriptas por Marx, son infinitamente más poderosas que los medios materiales y la elocuencia de estos catedráticos que se dicen marxistas y algunos hasta revolucionarios.

La concepción marxista de la historia, por ser materialista y dialéctica, parte del estudio científico de la interrelación entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas. Así, partiendo del desarrollo de las fuerzas productivas para analizar el agotamiento o no de un determinado modo de producción, pone el centro del análisis en las relaciones de producción; no sólo porque hoy la propiedad privada de los medios de producción condiciona y frena el desarrollo de las fuerzas productivas, sino también porque en ella es por donde transita la economía, hilo rojo de la política y lucha de clases. Es el resultado revolucionario de dicha lucha de clases lo que posibilita el cambio de las relaciones de producción (la expropiación de la burguesía) liberando así las fuerzas productivas; porque en definitiva la historia la hacen las clases en lucha, las masas con sus partidos, y los hombres en ellos dirigiéndolos.

Como no hay ninguna evidencia empírica, menos aún científica, de que Hegel haya tenido razón y la humanidad se aproxime o vaya hacia su teleología histórica del Progreso, según éste la meta de la Historia. Sino, más bien todo lo contrario; dos guerras mundiales, genocidio armenio, nazi-fascismo, Holocausto judío y gitano, Hiroshima y Nagasaki, Gulag, genocidio sionista contra los palestinos, golpes genocidas en decenas de países semi-coloniales, masacres y hambrunas deliberadas en África negra, invasión y actual genocidio afgano-iraquí etc. etc., atestiguan lo contrario. Ya hace casi 100 años que el capitalismo dejó de desarrollar las Fuerzas Productivas en términos generales, con algunos cortos períodos de desarrollo parciales, pero que de conjunto, desde principios y mediados de los ’70 se precipitó el aumento de la desocupación, la baja de salarios, la super-explotación creciente, la precarización laboral, la miseria, el hambre, las guerras, los genocidios y la xenofobia. Lo que sigue estando planteado, como en toda la época imperialista, es la lucha por la revolución socialista, la partera de la historia, que sacará a la humanidad de esta pre-historia llevándola a su verdadera Historia: el Comunismo, el fin del Estado y de las fronteras nacionales.

Engels nos dice en Del socialismo utópico al socialismo científico que: “El socialismo moderno es, en primer término, por su contenido, fruto del reflejo en la inteligencia, por un lado, de los antagonismos de clase que imperan en la moderna sociedad entre poseedores y desposeídos, capitalistas y obreros asalariados, y, por otro lado, de la anarquía que reina en la producción.” O sea, el socialismo es una idea que emana de los fundamentos materiales de la propia sociedad. Para el marxismo el socialismo es inevitable en tanto la lucha de clases, y el estancamiento del desarrollo de las fuerzas productivas, crean las condiciones para su concreción; pero sigue dependiendo del desarrollo del factor subjetivo, que estas ideas, a través del partido revolucionario y desde su vanguardia, se hagan cada vez más carne en la clase obrera y en todos los sectores oprimidos y explotados. Muy lejos de plantear la ineluctabilidad del triunfo del Socialismo o el Comunismo, el marxismo considera que el devenir histórico está abierto y sujeto a la lucha de clases, a la lucha de opuestos (revolución y contrarrevolución), y por esto la disyuntiva es Socialismo o Barbarie, como ya lo anticiparon Engels y Luxemburgo. Con el actual agravante del acelerado proceso de destrucción ambiental y descomposición social de un modo de producción en agonía. Si el capitalismo se pervive muchas décadas más la humanidad estará en serios peligros.

El marxismo, o socialismo científico, es la expresión más alta que ha dado el pensamiento humano. Construir el partido obrero revolucionario, con un programa revolucionario a la altura de nuestros tiempos, y dotar a la clase obrera de esa herramienta, debe ser el eje cardinal de todos los marxistas revolucionarios para salir de este impasse histórico. En definitiva, tal como plantea Trotsky en el Programa de Transición de 1938: la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de dirección revolucionaria del proletariado.

Liga Comunista de los Trabajadores
19 de Octubre de 2009

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